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El colesterol en mayores de 65: qué dicen los últimos estudios y cómo actuar

El colesterol es uno de los parámetros que más preocupa en las revisiones médicas de los mayores de 65 años. Pero la relación entre el colesterol y la salud cardiovascular en personas mayores es más matizada de lo que muchos pacientes —y algunos médicos— creen. Los últimos estudios han aportado datos que obligan a revisar las ideas simplistas de “colesterol bueno, colesterol malo” y ayudan a entender mejor qué hacer con cada caso.

Qué es el colesterol y por qué es necesario

El colesterol es una molécula grasa esencial para el organismo. Sin él no habría membranas celulares, no se producirían hormonas como el cortisol, los estrógenos o la testosterona, ni vitamina D, ni los ácidos biliares necesarios para la digestión. El problema no es el colesterol en sí, sino su transporte en sangre y sus niveles cuando se acumulan en las paredes arteriales.

El colesterol viaja en sangre unido a proteínas formando lipoproteínas. Las más conocidas son el LDL (lipoproteína de baja densidad, el llamado “malo”) y el HDL (lipoproteína de alta densidad, el “bueno”). Pero hay más actores: las VLDL, los triglicéridos y, especialmente en las últimas guías, el colesterol no-HDL y la lipoproteína(a) o Lp(a), un marcador emergente de riesgo cardiovascular que no todas las analíticas incluyen.

Los valores de referencia: qué dicen las guías actuales

Las guías europeas de cardiología (ESC/EAS 2019, actualizadas en 2023) estratifican los objetivos de LDL según el riesgo cardiovascular individual, no según un número único para todos:

  • Riesgo muy alto (enfermedad cardiovascular establecida, diabetes con daño orgánico, insuficiencia renal grave): LDL inferior a 55 mg/dL y reducción de al menos el 50% respecto al basal.
  • Riesgo alto (diabetes sin daño orgánico, hipertensión severa, hipercolesterolemia familiar): LDL inferior a 70 mg/dL.
  • Riesgo moderado (factores de riesgo aislados, sin enfermedad establecida): LDL inferior a 100 mg/dL.
  • Riesgo bajo: LDL inferior a 116 mg/dL.

Para el HDL, los valores considerados protectores son superiores a 40 mg/dL en hombres y 50 mg/dL en mujeres. Los triglicéridos deberían estar por debajo de 150 mg/dL en ayunas.

El debate sobre el colesterol en muy mayores: lo que dicen los estudios recientes

Aquí es donde la ciencia se complica, y conviene conocer los matices. Varios estudios en personas muy mayores (más de 75-80 años) han encontrado resultados contraintuitivos: niveles de colesterol total relativamente altos no siempre se asocian con mayor mortalidad, e incluso en algunos análisis se asocian con menor mortalidad.

Un ejemplo es el estudio de Ravnskov y colaboradores (2016) publicado en BMJ Open, que analizó 19 estudios prospectivos en mayores de 60 años y encontró que niveles altos de LDL se asociaban con igual o menor mortalidad en la mayoría de los grupos. Esta investigación generó mucha controversia y no cambia las guías clínicas actuales, pero apunta a que la relación entre colesterol y mortalidad en mayores no es tan lineal como en personas de mediana edad.

Lo que sí está más claro es que el beneficio de reducir el LDL con estatinas es menor en prevención primaria (sin enfermedad cardiovascular) en personas muy mayores, y que los efectos secundarios de estos fármacos (dolor muscular, fatiga, potencial efecto sobre la función cognitiva) pueden pesar más en personas de 80 años que en una de 55. Esta es una conversación importante que vale la pena tener con el médico.

En cambio, en prevención secundaria —personas que ya han tenido un infarto o ictus— la evidencia del beneficio de estatinas en mayores es sólida y consistente.

Qué puedes controlar con dieta y estilo de vida

La dieta impacta sobre el colesterol, pero menos de lo que mucha gente cree. La genética explica entre el 50% y el 80% de los niveles de colesterol en sangre. Aun así, los cambios en el estilo de vida son siempre el primer paso y pueden reducir el LDL entre un 10% y un 30% en personas con hipercolesterolemia moderada.

Reducir las grasas saturadas: Las grasas saturadas (carnes grasas, mantequilla, quesos curados, coco, palma) elevan el LDL. Sustituirlas por grasas insaturadas (aceite de oliva, frutos secos, aguacate, pescado azul) tiene un efecto beneficioso documentado sobre el perfil lipídico.

Aumentar la fibra soluble: La avena, la cebada, las legumbres y algunas frutas contienen betaglucanos y pectinas que atrapan el colesterol en el intestino y reducen su absorción. Una revisión Cochrane (2016) encontró que aumentar la fibra soluble reduce el colesterol total en una media de 5 mg/dL y el LDL en 7 mg/dL.

Esteroles vegetales: Los productos enriquecidos con esteroles o estanoles vegetales (algunas margarinas funcionales, yogures) reducen la absorción intestinal de colesterol. La dosis efectiva es de 2-3 g diarios, que puede reducir el LDL entre un 8% y un 12%. Son seguros para uso habitual, aunque no deben sustituir la medicación cuando esta es necesaria.

Ejercicio: El ejercicio aeróbico aumenta el HDL (el colesterol “bueno”) y reduce los triglicéridos. Su efecto sobre el LDL es más modesto, pero mejora la calidad de las partículas LDL (haciéndolas más grandes y menos aterogénicas) y reduce la inflamación vascular. 30 minutos de actividad moderada la mayoría de los días de la semana tiene efectos beneficiosos mensurables.

Perder peso si hay sobrepeso: Cada kg de peso perdido puede reducir el LDL entre 0,5 y 1 mg/dL y los triglicéridos entre 2 y 3 mg/dL.

Sobre las estatinas: la conversación honesta

Las estatinas son los fármacos más prescritos para el colesterol y tienen una eficacia bien documentada en personas de riesgo cardiovascular alto o muy alto. Sin embargo, su uso en prevención primaria en mayores de 75 años es un área de genuina incertidumbre clínica.

El ensayo clínico STAREE, publicado en NEJM en 2023, evaluó el efecto de la rosuvastatina en personas mayores de 70 años sin enfermedad cardiovascular establecida. Los resultados no encontraron reducción significativa de eventos cardiovasculares ni de la mortalidad total, aunque sí hubo una reducción en eventos cardiovasculares específicos. Esto refuerza la idea de que la decisión de tomar o no estatinas en prevención primaria a partir de los 75 años es una conversación individual entre el paciente y su médico, valorando beneficio esperado, efectos secundarios y calidad de vida.

Si tomas estatinas y tienes dudas, no las dejes de tomar sin hablar con tu médico. Pero sí tienes todo el derecho de preguntar si, en tu caso concreto, el beneficio justifica el tratamiento.

Para más información sobre salud cardiovascular y prevención, te puede interesar nuestro artículo sobre salud emocional en la jubilación y la guía de deportes recomendados para mayores.

Preguntas frecuentes sobre el colesterol en mayores de 65


Conclusión: el colesterol en contexto, no en el vacío

El colesterol es un marcador importante, pero no hay que leerlo de forma aislada. Lo que importa es el riesgo cardiovascular global: la combinación de colesterol, presión arterial, diabetes, tabaco, edad y otros factores. Un médico que conoce tu historial puede ayudarte a interpretar tus analíticas en ese contexto y tomar las decisiones más adecuadas para ti.

Lo que sí está en tu mano —independientemente de si tomas medicación o no— es el estilo de vida: una dieta con menos grasas saturadas y más fibra, ejercicio moderado habitual y control del peso. No son grandes sacrificios, y sus beneficios van mucho más allá del colesterol. En Plansilver puedes encontrar más recursos sobre salud preventiva, como nuestra guía sobre nutrición en la tercera edad y los mejores ejercicios para mayores de 60.

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